Ratoncillo 33 y Otros Cuentos
RATONCILLO 33
Sorpresivamente la cara y la cabeza de mi papá se llenaron de arrugas y canas verdes. Y el fin de semana no quería jugar, ni salir a pasear con nosotros. El culpable de todo: el Ratoncillo 33. Éste era diferente a los otros treinta y dos ratoncillos que, en menos de lo que canta el gallo, fueron eliminados por mi papá cuando los cogió haciendo travesuras. En cambio, el Ratoncillo 33, era perspicaz, travieso, listo y salía airoso de todo peligro, por eso nos hicimos amigos.
Sus travesuras se iniciaban a la hora en que conciliábamos el sueño, prolongándose hasta muy tarde. Entonces, fastidiados encendíamos la lámpara y nos poníamos a buscar por los rincones; y aunque volteáramos la casa, no teníamos buenos resultados.
-Mañana traeré al Ronrón –dijo mi papá una noche.
Como estaba dicho, al día siguiente, a la hora del almuerzo el minino llegó en brazos de mi papá. Más tarde, ya husmeaba los dominios del Ratoncillo 33, que, sin percatarse de los afanes de su cazador, retozaba por aquí y por allá, hasta faltarle el aliento. Finalmente, en la noche hubo maullidos y chillidos por doquier.
-Osiquín, ¿estás escuchando? El minino se lo está devorando…se lo está devorando -dormitaba papá-. ¡Hurra, benecho! Las lágrimas inundaban mi lecho. No podía cerrar los ojos, pensando en semejante hecho. Sin embargo, más tarde quedé dormido.
Cocorocó cantó en el corral vecino. Era un nuevo día.
-¡¡Ratoncillo 33, Ratoncillo 33!! -llamé desesperado ni bien desperté.
Nadie acudió a mis invocaciones. Busqué los cajones, la alacena, los corotos, ningún rastro de mi amiguillo. En los días venideros la tristeza estuvo conmigo, en la escuela, a la salida, camino a casa, en las comidas, en todo. Esto preocupaba a mi mamá.
A partir del viernes, nuevamente sobrevinieron hechos muy extraños. Ese día, la puerta de cedro que mi papá con tanto primor había tallado, amaneció agujereada. El sábado, las mazorcas de maíz celosamente almacenadas en la despensa para el fiambre, tampoco escaparon a los dientes del misterioso roedor. Y lo peor, no funcionaron las trampas que se colocaron para su captura. Pero, lo que molestó muchísimo a mi papá sucedió el lunes por la mañana cuando se alistaba para irse a trabajar al molino. Le faltó un trozo a su zapato preferido. Hubieras visto, Silvita, como se salían los dedos de papá.
ISBN 978-612-46270-1-9
Ratoncillo 33 y Otros Cuentos






